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2014 Dopamina, empoderamiento y responsabilidad: sin cambiar la evaluación no cambiaremos la educación


“Si cuando evaluamos es imposible ser objetivos, por lo menos seamos honestos”
Clara Megias

Clara tiene siempre un sueño recurrente, un sueño en el que parece que va a morir y lo único que le preocupa es que no llega al examen que tenía programado. Es tal el nivel de autoexigencia que ha desarrollado desde niña con relación a los exámenes, que en sus peores pesadillas se repite esta angustiosa y terrorífica sensación de tener que llegar a una prueba en la que todos más o menos repetimos el ritual emblemático de la educación bulímica: atracón de datos, vómito y olvido sazonado con grandes dosis de ansiedad, miedo y desazón.


Uno de los problemas centrales de la actual crisis en la que vive lo pedagógico es sin lugar a dudas la problemática de la evaluación, un proceso que se ha vuelto el centro de la educación, lo que desbarata la posibilidad de que alguien aprenda. Tal como expongo en el capítulo cinco de #rEDUvolution, tenemos que aceptar el fracaso de la evaluación como un proceso efectivo: si funcionase no tendríamos los resultados que tenemos en las instituciones formales. Esta es otra razón por la que resulta imprescindible reflexionar sobre cómo, por qué y para qué evaluamos, teniendo en cuenta que lo que entendemos por evaluar, y su principal herramienta, calificar, consisten en representar numéricamente lo que consideramos que ha aprendido un estudiante con el objetivo de legitimar su paso de un nivel a otro. Es una tarea específica de la educación reglada, la cual necesita un apoyo legal para justificar quiénes avanzan y quiénes no. Es decir, la evaluación es una prolongación de los sistemas de legitimación del Estado en la educación: su existencia realmente no tiene que ver con el aprendizaje, tiene que ver con la validación de saberes, con mecanismos artificiales que la sociedad occidental requiere para establecer comparaciones y organizar las clases sociales sirviéndose para ello de la escuela, la universidad y otras instituciones.


Ante esta realidad, ¿qué podemos hacer? La evaluación no debe ser un arma, sino una ayuda, debe ser una herramienta para que el aprendizaje suceda en vez de ser precisamente su freno. Pero, debido a que soy realista y sé que es imposible abolirla, mi propuesta de cambio parte de tres propuestas: la idea de descentrarla (que es exactamente lo que ocurre en los actos educativos no formales donde el aprendizaje sucede sin la obsesión por los resultados cuantitativos); transformarla en investigación y utilizar métodos cualitativos para ejercerla desde la práctica y, por último, aceptar que el paradigma numérico positivista no es más que uno de los sistemas de representación posibles y empezar a crear otras formas de representación del aprendizaje.


Por todas estas razones, en la quinta sesión de la Escuela de Educación Disruptiva que tuvo lugar el pasado 24 de mayo, nos preguntamos, tal como hacen numerosos profesionales preocupados por el cambio de paradigma, si la evaluación mata la educación. Y para ello invitamos a tres agentes que trabajan alrededor de este tema como Sebastián Barajas autor del libro Aprender es hacer o cómo adaptar el sistema educativo al siglo XXI, Carlos González Tardón profesor de la U-TAD y experto en evaluación gamificada y Lucía Sánchez Madrid, profesora de Educación Plástica y Visual en la Educación Secundaria Obligatoria, quien ha desarrollado un sistema de evaluación completamente disruptivo.



La sesión comenzó con la presentación del tema por mi parte y por parte de Clara Megías (sí, la misma Clara que no podía llegar al examen) de los dispositivos de gamificación de la sesión, diseñados entre Carlos y ella, que consistían en unas brochetas de papel rojo o verde y unas galletas de la suerte. Estos materiales forman parte de la metodología de trabajo de la #EED y funcionan como detonantes que, insertados dentro de la dinámica global, rompen el formato y estimulan la participación.



Fue entonces cuando dio comienzo la primera conversación de la jornada centrada en cuestionarnos la validez de los exámenes y en la propuesta de Sebastián como alternativa a los mismos: la Educación basada en Escenarios de Aprendizaje. Cuando le pregunté a Sebastián si consideraba que la evaluación mata la educación, lo tuvo clarísimo, contestó que sí, y puso dos ejemplos imbatibles para demostrar la ineficacia de los exámenes: ¿seríamos capaces los conductores de la sala de aprobar en este mismo momento el examen que hicimos en su día para sacarnos el carnet? ¿Aprobarían los exámenes puestos por sus compañeros el resto de los profesores de cualquier claustro? Comparto completamente con Sebastián la idea de que los exámenes no sirven para nada o, incluso aún peor, sirven para ejercer ese tipo de pedagogía que intentamos cambiar, ese modelo obsoleto que solo persigue el control, la anticreación de conocimiento y la sumisión intelectual. Como alternativa a la evaluación tradicional, al igual que Roger Schank, propone la Educación basada en Escenarios de Aprendizaje, un sistema de aprendizaje donde se valida el aprender haciendo, incluso en los procesos de evaluación.


Tras la conversación con Sebastián llegó la conversación con Carlos, quien comenzó haciéndonos saltar para demostrar la potencia electrizante del juego, la eficacia de lo disruptivo. Lo primero que le pregunté fue qué significaba el término gamificación a lo que respondió que consiste en obtener la estructura de los videojuegos e insertarla en ámbitos no lúdicos y desde allí vinculamos la gamificación con la evaluación, es decir, trasladamos las dinámicas de juego al espinoso tema que nos ocupa lo que se puede denominar como evaluación gamificada. El discurso de Carlos se basó en tres ideas clave, dopamina, empoderamiento y responsabilidad, esto es, para conseguir que la evaluación realmente conduzca al aprendizaje lo primero (y con esto volvemos a conectar con Francisco Mora y la Neuroeducación), necesitamos cargar el proceso de emoción, electrificarlo. 


Necesitamos que, en vez de ansiedad y pesadillas, la evaluación sea entendida como un reto con los niveles de segregación de dopamina que los retos conllevan, es decir, necesitamos reconectar la evaluación con el placer. En segundo lugar, los procesos evaluativos tienen que empoderar al estudiante, teniendo en cuenta que por empoderamiento Carlos sobre todo entiende participación. Ya sabemos que el aburrimiento es el mayor enemigo del aprendizaje y los estudiantes se aburren en nuestras clases porque no les dejamos participar, por lo tanto debemos de incluir mecanismos de participación en la evaluación a partir de los cuales los estudiantes entiendan esta parte del proceso de aprendizaje como una construcción más, en vez de como un proceso completamente ajeno, cerrado, doloroso y absurdo. Y, para terminar, la evaluación ha de estimular la responsabilidad


Esta idea resulta clave porque en mi experiencia como estudiante siempre he pensado que mis notas poco o nada tenían que ver con mi participación en el proceso, sino que tenían que ver más bien con la suerte que me tocara. Por esta razón, la evaluación del siglo XXI debe de estimular la responsabilidad evidenciando que el aprendizaje es un proceso en el que lo que ocurre es la consecuencia directa de lo que hemos hecho con anterioridad como creadores de conocimiento en vez de un proceso mágico donde todo depende del estado de ánimo del profesor cuando corrige. Carlos ilustró estas tres ideas con su propia práctica docente, completamente cuantitativa, que gamifica a tope y que consigue que sus alumnos salgan del simulacro, aprendan de verdad y encima lleguen superpuntuales a clase.


Para llevar a la práctica las nociones tratadas en las conversaciones de la mañana, después de la comida, tuvo lugar el Taller de Evaluación Creativa diseñado por Lucía Sánchez quien, tras explicarnos el trabajo que está realizando en su práctica docente como profesora de la ESO (que se configura a su vez como el tema principal de su tesis doctoral) y entre otras muchas cosas interesantes (que se pueden disfrutar en los vídeos de la sesión), hizo hincapié en una idea central: la imposibilidad de que cualquier proceso evaluativo sea objetivo. Desde el momento en el que una persona juzga un producto realizado por otra, el inconsciente se vuelve a colar y lo que alguien representaría con un ocho, otro alguien representaría con un cero, siendo las pedagogías invisibles las que en muchos casos nos hacen subir la nota a los estudiantes que nos gustan y bajársela a quienes nos molestan. Debemos poner encima de la mesa esta realidad y empezar a ser honestos.


En el pasillo donde se realizan los talleres nos esperaban seis cajas, seis cajas cerradas que disparaban nuestra expectativa sobre lo que había dentro, ejercían la sorpresa y hacían crecer nuestros niveles de dopamina. Nos dividimos en seis grupos para abrirlas: una de ellas contenía piezas de fieltro, la segunda fichas para hacer un puzle, la tercera pajas de colores, y agua y jabón para hacer pompas, la cuarta marcos de colores y rotuladores, la quinta una libreta de papel y la última, lanas y otros tejidos. Mediante todos esos materiales, los participantes representamos lo que habíamos aprendido en las conversaciones de la mañana sin números y sin letras, dando fe de que no solo se puede representar el aprendizaje de miles de maneras diferentes y a través de muchos lenguajes, sino que los sistemas de representación cualitativos son mucho más complejos y, por lo tanto, mucho más veraces que los sistemas de representación numérica positivista.


Si queremos ejercer el cambio y abandonar un sistema obsoleto que no nos representa, no podemos cambiar el resto de nuestras prácticas sin cambiar también la evaluación. Descentrarla, transformarla mediante diferentes formatos y conseguir empoderar a la comunidad de aprendizaje a través de ella, en vez de ejercer el miedo y el control, es definitivamente uno de los retos que tenemos como profesoras y profesores del siglo XXI. Cambiar los sistemas de evaluación no solo es necesario, sino que es posible. Adelante, podemos.   


2014 ¿Puede un tsunami provocar la felicidad? Dejemos de consumir y empecemos a generar


La sociedad de consumo es un sistema que te hace creer que la felicidad consiste en lo que el individuo coge de ella: bienes, trabajo, relaciones... Este modelo donde el capital es el centro, nos transmite la idea de que solo nos hace felices todo aquello que proviene del exterior y que consumimos para llenarnos. Pero, según Zygmunt Bauman (defensor del Manifiesto Generativi basado en el texto de 2014 de Mauro Magatti e Chiara Giaccardi) realmente ocurre todo lo contrario: solo alcanzaremos la verdadera felicidad cuando lo que hagamos sea aportar a la sociedad, cuando demos en vez de cuando compremos, cuando generemos en vez de cuando consumamos.


Me he topado con este nuevo concepto a miles de kilómetros sobre el nivel del mar, mientras regreso a Madrid tras pasar ocho días en Chile, un país con una historia reciente, compleja y dolorosa, en donde el debate sobre las políticas de reparación de los desastres de la dictadura, en vez de pasar por una suerte de cobertura cosmética, pasan por una realidad palpable centrada en la necesidad urgente del cambio de paradigma educativo. Y creo que toparme con este concepto en este momento, en este viaje, no ha sido casual, porque la idea de ser felices generando en oposición a ser felices consumiendo, sustenta no solo lo que he venido a contar sino, y esto es lo verdaderamente importante, lo que se necesita impulsar desde lo educativo para que de las políticas del consumo pasemos a las políticas de la felicidad.


 El proyecto del viaje se inició hace mucho tiempo de la mano de cuatro instituciones culturales, dos públicas y dos privadas: El Museo de la Memoria, el Consejo Nacional de Cultura del Gobierno, Fundación Telefónica y Editorial Santillana. Me parece sumamente importante resaltar que las dos instituciones que de alguna manera hubiesen sido las que de forma natural tendrían que haber propiciado la invitación, se han quedado al margen: la universidad y el Ministerio de Educación. Tanto en Chile como en España, como en otros lugares que tengo el privilegio de visitar, es desde las instituciones y los agentes vinculados con la cultura (y especialmente con las artes visuales) desde donde se está impulsando este proceso de innovación, este proceso de pregunta y de revulsión crítica, en vez desde la instituciones que supuestamente tendrían que estar trabajando sobre el tema. Qué paradójico.


Mi trabajo comenzó el sábado 10 de mayo con la exploración de la ciudad durante los días previos a los eventos programados. Desde el mercado de pescado hasta la visita a la exposición Eclipse (sobre la reciente historia del videoclip y el vídeo arte), el debate sobre lo educativo se cruzaba en las conversaciones mantenidas con los educadores de la muestra, los vendedores de los puestos y los taxistas que nos llevaban a Claudia Villaseca y Carola López Pazos (mis amigas, guías y agentes de cambio super potentes) por las intrincadas callejuelas del centro de Santiago. Tras esta primera toma de contacto donde se hizo evidente el interés de la sociedad chilena por el problema de la educación, el lunes 11 tuvo lugar el laboratorio con Colabora, la red mediante la que se han asociado el conjunto de departamentos de educación de los museos chilenos  y desde donde exploramos la figura del educador como agente político.


El martes 12 fue de máxima intensidad, el día de la celebración de la Semana de la Educación Artística organizada por el Consejo Nacional de Cultura, un evento de máxima importancia que visibiliza el nuevo papel que la educación de las artes visuales tiene en el gobierno de Michelle Bachelet emigrando desde un paradigma periférico a un paradigma central. Mi contribución se centró en la idea de que, en un mundo evidentemente visual, la educación artística debe de quitarse la etiqueta de que estamos aquí para “producir cosas lindas” y pasar a evidenciar la central importancia del lenguaje visual (tanto desde la cultura visual como desde el arte contemporáneo) en la construcción del conocimiento contemporáneo: deconstruir, analizar y quizá producir (pero definitivamente las dos anteriores) deben de convertirse en el centro de nuestra actividad vinculada al conocimiento, el proceso y la remezcla.


Uno de los momentos más increíbles de la jornada fue conocer a Inés Sanguinetti, transformadora social argentina y ejemplo viviente (lleno de energía y de pasión) de que el arte ha muerto por lo que debemos de empezar a hablar de la Arteduacción. Inés ejemplifica la idea de que no hay diferencias entre ser artista y ser educadora, aceptando que todo arte es pedagógico y toda pedagogía es artística cuando subió al escenario y nos hizo frotar las manos, clapear, trinar y finalmente patalear para generar una selva tropical en medio del frío auditorio en el que estábamos, demostrando que las artes visuales no necesitan de materiales extra, que la magia se puede producir en cualquier sitio y que el cambio de formato es lo que verdaderamente produce el empoderamiento de la audiencia.


Sin casi tiempo para respirar, llegamos al miércoles, donde por la mañana alcancé a tener algo impensable en otros lugares, diez minutos en la TV nacional y otros quince en el maravilloso programa de radio conducido por el ácido periodista Matías del Río. En ambos contextos el debate entre la calidad o la gratuidad (verdadero centro de las discusiones pedagógicas en Chile) me llevó a defender mi opinión de que la calidad debe estar focalizada en el cómo y no tanto en el qué, defender que de la brecha de las infraestructuras o de la brecha tecnológica definitivamente tenemos que pasar a preguntarnos por la brecha metodológica, mucho más allá de unos contenidos que ya están en Google. Por la tarde, tuve el placer de compartir estas ideas (centrales en la #rEDUvolution) con Mario Waissbluth, Eugenio Severín y Cristian Bravo (agentes chilenos del cambio de paradigma, siendo el primero el coordinador nacional del movimiento ciudadano Educación 2020), en el evento organizado por Fundación Telefónica y al que acudieron casi 300 docentes.


El jueves de la Semana de la Educación Artística continuó en la ciudad de Concepción y en esta sesión tuve la oportunidad de generar no solo con un grupo de profesores de la región, sino de los artistas residentes del Programa Acciona (diseñado y coordinado desde el Consejo de Cultura) quienes me enseñaron el increíble trabajo que están llevando a cabo en las regiones más alejadas de Santiago con proyectos que definitivamente pertenecen (como el de Sady) al paradigma de la Educación Artística como Vehículo de Conocimiento, llevando el arte contemporáneo a la práctica durante nueve meses tanto desde el análisis como desde la creación. Fue increíble comprobar cómo precisamente es desde la periferia donde están desarrollando proyectos en ocasiones más interesantes que en las grandes ciudades y desde donde se demanda la necesidad de escribir sobre todo esto que está pasando para así tener materiales alternativos a los anglosajones en la construcción de nuestra propia historia de la Educación Artística.


El último día de trabajo fue el viernes pasado. El Departamento de Educación y Audiencias del Museo de la Memoria (MDM), coordinado por Jo Simeon me otorgó la posibilidad de compartir con ellos la mañana, experiencia que comenzó con la visita a la obra de Alfredo Jar Geografía de la conciencia, que ya en sí misma es un maravilloso proceso de reparación simbólica de las casi 4000 víctimas fatales que ha dejado tras de sí la dictadura. Tras la visita a la cámara de Jar, Jordi nos condujo por las salas del museo a sus compañeros y a mí para trazar el mapa de una institución centrada en el relato y la memoria de las víctimas desde las comisiones de verdad: salas que muestran los documentos falseados, los 1132 centros de tortura, salas desde donde una museología lo más aséptica posible imposibilita la neutralidad o la indiferencia, fueron el preámbulo de un laboratorio centrado en cinco aspectos  cruciales en las instituciones culturales hoy:
  • La reflexión sobre los sistemas de comunicación de la institución con las audiencias y cómo se manejan las tensiones entre el relato de la institución y el del espectador
  • La construcción de las dinámicas de poder y el formato de visita guiada en el MDM y la paradoja de un museo que entiende la Democracia como principal eje de trabajo, pero que emplea para ese trabajo formatos antidemocráticos
  • La visibilización del departamento de educación y sus geografías (preguntándonos por qué las aulas didácticas siempre están en un sótano ciego) y el debate de si salir o no salir de ellas
  • La reflexión sobre los formatos educativos asimilados como los hegemónicos en los museos (visita guiada, familiar, escolar etc.) y su posible transformación a través de metodologías artísticas que deshabilitan el simulacro y conduzcan al aprendizaje
  • La necesidad de construir archivos desde donde investigar y visibilizar el trabajo educativo de las instituciones culturales

Tengo que decir que todo el laboratorio se llevó a cabo con un partícipe de excepción: Ricardo Brodsky, director del museo. El gesto de su participación fue inestimable en esta voluntad del MDM por reflexionarse a sí mismo y por situar al Departamento de Educación a igual nivel de atención que el resto de departamentos del museo.


Si de alguna manera pudiese resumir todo lo que he aprendido estos ocho días volvería a utilizar la metáfora que apoya Bauman: siento que no he venido a Chile a dar ni a llevarme nada sino a generar conjuntamente con todas las personas que he conocido una primera ola, una micro revolución que poco a poco, ola a ola (junto con las olas de Pablo, de Beatriz, de Dani, de Inés, de Jordi, de Eugenia, de Jo, de Pancho, de Sofía, de Paula, de Amelia, de Maria Ignacia, de Rosita, de Claudia, de Carola, de Marcelo, de Rodrigo, de Alejandra, de Soledad, de Angélica, de Christian y de los cientos de personas que he conocido) se juntarán en un maravilloso tsunami que transformará el mundo en un lugar mejor









2014 Ir a la escuela para aprender a pensar en vez de ir a la escuela para aprender a aburrirte: la emoción como elemento clave del proceso de aprendizaje


Recordemos nuestras clases y seamos lo más objetivos posibles. Recordemos la sensación narcotizante que sentíamos al entrar por la puerta, al tirar la mochila en el suelo, al sentarnos en la silla de la forma más dejada posible. Recordemos las expectativas que habíamos desarrollado sobre las interminables ocho horas de aburrimiento, de antiparticipación, de convertirnos en un elemento tan triste y tan incómodo como el aula que nos albergaba… Recordemos el tedio, la inmovilidad y el (des)aprendizaje. El cuerpo es el gran olvidado de la pedagogía. La educación tradicional normativa nos ha hecho creer que lo que verdaderamente importa es la cabeza, lo intelectual, el pensamiento, todo lo que sucede en la parte superior de nuestros organismos de manera que poco o nulo interés ha mostrado por lo que hay más allá de lo que sustentan nuestros hombros…


Por todas estas razones, en la cuarta sesión de la #Escuela Educación Disruptiva hemos querido trabajar a fondo los capítulos tres y cuatro de #rEDUvolution y llevar las emociones hasta el aprendizaje. De la misma manera que en las sesiones anteriores hemos reivindicado trabajar en el aula con recursos que normalmente están vetados como los dispositivos móviles y las redes sociales, en la cuarta sesión celebrada el sábado veintidós de marzo, trabajamos el diseño, la arquitectura, las emociones y el humor, de manera que seamos capaces de incorporarlas en nuestra práctica docente como herramientas habituales.

Cometas (Rosan Bosch)

Los espacios y el mobiliario en la educación tradicional no solo son recursos olvidados sino que, por el contrario, constituyen recursos que parecen diseñados para impedir el aprendizaje: todos recordamos sillas en las que es imposible estar sentado más de media hora, mesas que sirven como barreras, una iluminación artificial que produce dolor de cabeza, puertas ruidosas que están siempre cerradas… La #rEDUvolution invita a todos los docentes, a todos los directores de escuelas y especialmente a los legisladores que distribuyen los recursos económicos, a repensar cómo deberían ser los espacios educativos. De la misma manera que resulta un lugar común que aeropuertos, bancos o museos deben de ser lugares efectivos y hermosos, debemos  reivindicar el papel decisivo de la arquitectura y el diseño en la educación, lo que Loris Malaguzzi (el genial impulsor de las escuelas de Reggio Emilia en los años 60) denominaba como EL TERCER PROFESOR y es que cuestiones como el mobiliario, los suelos, la temperatura o la ventilación (es decir, el ambiente) son factores clave y afectan al proceso de aprendizaje de manera profunda.


La cuarta sesión de la #EED comenzó con la recuperación del diseño como una herramienta profundamente relacionada con el acto de aprender, tema desarrollado por la diseñadora holandesa afincada en Copenhague Rosan Bosch la cual, curiosamente, fue educada en un centro Montessori hasta que tuvo 12 años.  Rosan tuvo un momento eureka cuando un buen día les preguntó a sus hijos qué era lo que más les gustaba del colegio y ellos respondieron que lo que más les gustaba era el recreo. Desde entonces, y teniendo en mente que (aunque parezca increíble) los niños van a la escuela para aprender a aburrirse, el principal objetivo del trabajo de Rosan ha sido crear espacios que consiguan que los niños vayan a la escuela para aprender a pensar, por lo que resulta imprescindible que les guste ir a todas las actividades programadas y no solo al recreo.


Rosan considera la curiosidad y los retos como elementos centrales en el aprendizaje y para que los estudiantes solucionen los problemas que los retos conllevan, son necesarios espacios que estimulen el cuerpo y permitan el movimiento, espacios que fomenten el aprendizaje y la emoción en vez de espacios narcotizantes. Rosan se da cuenta de que lo importante es crear ambientes donde la comunidad educativa aprecie el reto y les devuelva la pasión por aprender. Así que su trabajo se puede resumir en tres palabras:

diseñar para motivar

En el año 2006 la Ordrup School de Copenhague http://www.designshare.com/index.php/case-studies/ordrup-school/ decide hacer la #rEDUvolution cambiado algunos elementos del mobiliario y los espacios, pero el resultado no funcionaba: los profesores estaban estresados, el aprendizaje no fluía y los padres sacaban a los niños de la escuela. Hasta que llegaron Rosan y Rune Fjord (arquitecto con el que en ese momento trabajaba) y establecieron seis meses de investigación con estudiantes y profesores previos a cualquier cambio. En este proceso se incluyeron dos elementos clave: unas alfombrillas creadas con recortes de moqueta que los niños transportaban de forma fácil hasta cualquier lugar y notas adhesivas donde se dejaban frases del tipo “Me gusta mucho esta mesa por su color”. Con toda  la información recogida durantes estos seis meses, la comunidad de la escuela reconoció el diseño como un factor clave, reconoció la importancia educativa del espacio y del mobiliario sin la necesidad de que los cambios les fuesen impuestos desde fuera, de manera que el aprendizaje en este casó fluyó y la Ordrup School se convirtió en una escuela referente. 


Tras la experiencia del Ordrup School, Rosan fue contratada por la red de escuelas públicas suecas Vittra en 2011 para rehacer por entero los espacios y el mobiliario de una de sus sedes, una escuela con 250 estudiantes de 6 a 12 años de edad, organizados en grupos de 10, que trabajan de forma simultánea (sin paredes ni aulas) y donde cada niño tiene un portátil con el que se tira por el suelo o se relaja en un sofá de manera que no son tan importantes las mesas y las sillas. Las escuelas Vittra se han convertido en un referente mundial, en uno de los ejemplos más interesantes que demuestran la importancia del diseño en el aprendizaje. 


En el trabajo de Rosan lo más interesante desde mi punto de vista es el componente intelectual y teórico, los objetivos que persigue mediante el concepto de adaptabilidad: el mobiliario y los recursos se adaptan al aprendizaje por lo que cambian dependiendo de la función que se requiera de ellos. Por ejemplo, necesitamos trabajar en grupo, pues cogemos mesas y sillas y nos organizamos en islas; que hay una presentación de proyectos, nos vamos a la Montaña y escuchamos por turno a los oradores; que hay que procesar unas fotos, sacamos unas esterillas y nos tumbamos en el suelo con nuestro portátil…El espacio se adapta al aprendizaje y facilita una educación individualizada, emocionante, una educación motivadora que te expande y te energiza; un tipo de aprendizaje Kite Education en oposición a la Rubber Band Education: mientras que la primera metáfora establece una imagen donde la cometa es el niño que se mueve libremente y que ocasionalmente es recogido por el adulto, la Rubber Band Education lanza y recoge a los niños una y otra vez sin permitirle ni el más mínimo grado de libertad. 

Jirafas (Francisco Mora)

Rosan acabó su exposición y Francisco Mora (autor del inspirador libro Neuroeducación: solo se aprende lo que se ama) y yo nos subimos al escenario. No pude más que empezar nuestra conversación con una frase que le había escuchado recientemente a Fernando Savater “La escuela es el lugar para aprender la razón: las emociones han de quedarse en casa”. Francisco resultó de mi misma opinión: Savater está totalmente equivocado.



Empezamos conversando sobre qué es la Neuroeducación: la necesidad de extraer los conocimientos que aporta la neurociencia cognitiva en conjunción con la psicología y llevarlos a las aulas con la finalidad de aprender y enseñar mejor. Esta ciencia ha llegado a la conclusión de que: “Hoy sabemos que la letra con sangre no entra. El castigo, el dolor como método para aprender es un método primitivo, consustancial con la supervivencia en otros tiempos duros de la humanidad. Pero lo ciertos es que hoy en los colegios nadie se juega la vida. Por eso se debe y se puede enseñar a través de la alegría, porque conocemos bien los sustratos cerebrales de esos procesos ”.


Me resultó verdaderamente esclarecedora la parte de la conversación en la que explicó la importancia de empezar las clases de forma provocadora, mediante una frase, un dibujo (o la existencia de una jirafa que entrase por una puerta del aula y se fuese por otra), ya que es algo que la #rEDUvolution demanda mediante el término detonante y que llevo utilizando en mis clases desde hace tiempo. Paco defiende que la enseñanza efectiva solo puede ser afectiva, porque los afectos mejoran la atención y sin atención no hay aprendizaje. Es imprescindible evocarla con mecanismos que la neurociencia empieza a desentrañar como la  expectación, lo inesperado y la sorpresa, potentísimos activadores de estímulos cerebrales que consiguen desarrollar la curiosidad, la atención y la motivación.



En sus últimas palabras antes de terminar, Paco dejó bien claro que necesitamos crear una nueva profesión, la de neuroeducador: una profesión que necesitará aprendizaje constante y actualizado por lo que es urgente impulsar a los gobiernos a desarrollar nuevas políticas educativas y la necesidad de aumentar la inversión económica en educación y en concreto en una formación disruptiva del profesorado. 

Codazos (elii)


Tras la comida la sesión continuó con el taller Aula Ficción o Ficciones Pedagógicas Negociadas desarrollado por el colectivo de arquitectos elii (everyday life invents itself) compuesto por Uriel Fogué, Eva Gil y Carlos Palacios. elii es una oficina donde la arquitectura se entiende como una representación del conocimiento a través de las estructuras, lo que la liga de manera profunda con la pedagogía. En la presentación del taller y tras explicarnos algunos de sus proyectos http://www.elii.es, nos hablaron de la nudge architecture (arquitectura del codazo), un tipo de arquitectura no resuelta que en vez de imponer, da una oportunidad al habitante, espacios que gestionan las tomas de decisiones de manera diferente a como hacen los espacios tradicionales que resultan fundamentalmente impositivos. elii trabaja desde una arquitectura del aviso, de la oportunidad, de la alternativa, creando lugares con direccionalidad abierta que enseguida me recordaron a Elizabeth Ellsworth y a las pedagogías regenerativas que invitan al profesor a diseñar modos de direccionalidad pedagógica abiertos en lo que se podría denominar como nudge pedagogy.


Y tras la presentación, llegó el momento de #aulaficción en el que invitaron a la audiencia a fantasear, no sobre el aula necesaria, sino sobre el aula deseada: quizás deseemos agua en el aula y por lo tanto se haga necesario un jacuzzi, o quizás queramos que nuestra clase se desarrolle en un vagón de metro para potenciar la sensación de provisionalidad….Ficcionar sobre lo imposible, hace lo posible más cercano y esto fue precisamente lo que los asistentes construyeron en el suelo al más puro estilo Dogville.


Neuromeriendas (Joaquín Reyes)

La emoción de la sesión iba en aumento y, en consecuencia, también iba en aumento el aprendizaje. La audiencia esperaba el final con verdadera expectación, ya que Joaquín Reyes, el gran cómico, ocuparía la última conversación. Introducir a Joaquín Reyes en una sesión sobre pedagogía ha sido uno de los momentos álgidos de mi carrera en mi constante intención por salirme de lo normativo e hibridar las ciencias de la educación con otros mundos. Y es que el humor está en absoluta conexión con la emoción y es algo que falta en las aulas. Reivindicar el humor como una herramienta pedagógica no es una demanda banal porque reivindicar el humor es reivindicar el placer, la generación de endorfinas y de dopamina, sustancias relacionadas con la experiencia profunda, la memoria y, por lo tanto, el aprendizaje. Sustancias que se generan mientras jugamos, cuando comemos, cuando tenemos relaciones sexuales, y cuando nos reímos, pero que no se generan si entendemos el aprendizaje como la triste sucesión de toma de apuntes, memorización falsa y vómito bulímico. 


Por esta razón, en el diseño del programa de la #EED, nos parecía fundamental que alguien como Joaquín viniese a hablarnos de su trabajo, un tipo de humor ácido que nos hace pensar, totalmente relacionado con el arte contemporáneo (ya que estudió Bellas Artes) y que rompe el formato. Desde la #EED, consideramos a Joaquín Reyes como un productor cultural y un artista contemporáneo, por lo que su figura representa de manera perfecta el modelo productor cultural, de DJ que demandamos también para la figura del docente.


Para empezar, la obra de Joaquín Reyes (cualquiera de sus series, sus Celebrities, etc.) se basan especialmente en explorar lo narrativo. Y es una realidad que a la mayoría de los estudiantes les pone mucho más ver una buena serie o jugar a un videojuego que ir a clase. Recuperar lo narrativo en la educación resulta urgente y necesario ya que, tal como nos habían contado antes Rosan y Francisco, sin ese factor narrativo el aprendizaje no sucede. El extrañamiento es otro de los conceptos que seleccionamos para hablar con Joaquín, ya que sus producciones culturales fomentan la sensación de extrañamiento que demandamos mediante la #rEDUvolution en lo pedagógico. Para Joaquín, el extrañamiento es la antesala de su humor y por eso lo explota desde los nombres de sus producciones (pensemos en Muchachada Nui hasta Museo Coconut) hasta en las caracterizaciones, que son histriónicas de manera explícita. Junto con todas estas reflexiones sesudas, Joaquín salpicaba su charla con sus geniales ocurrencias como cuando dijo “Nadie se ríe de aburrimiento” o que Francisco Mora y él eran colegas y que hacían “Neuromeriendas…”.


Pero, no debemos olvidar que el trabajo de Joaquín no es hacer reír sin más, el pensamiento crítico es parte inherente de sus producciones y esta es la razón por la que consideramos su obra muy cercana al arte contemporáneo y por lo tanto, completamente rEDUvolucionaria: lo narrativo, el extrañamiento, la sorpresa y todas las herramientas vinculadas a la emoción son empleadas para repensar la realidad y desarrollar el conocimiento propio enlazando esta conversación final con la charla de Rosan, Paco, Eva y Carlos.


Cometas, Jirafas, Codazos y Neuromeriendas: un diseño pedagógico que nos deja libres, un animal que produce sorpresa, una estructura espacial que nos permite intervenir y un concepto que nos hace reír a carcajadas. Dejemos atrás la inmovilidad, el aburrimiento, las jaulas y el miedo: solo si trabajamos la emoción aprenderemos a pensar en vez de aprender a aburrirnos.